La mesa es blanca, muy amplia. Sobre su superficie rectangular se extiende un gran puzzle y a su lado unas pocas piezas que faltan por encajar. Apenas son veinte. El puzzle está a punto de ser culminado por Sebastián, que está inclinado sobre la silla, como si quisiera contemplar el rompecabezas a vista de pájaro. Sus cejas son blancas, muy gruesas y algunos pelillos se le disparan dándole aspecto de despistado. La blancura de su pelo casi brilla y su cara es frágil y arrugada. Su pequeña mano agarra una de las piezas intentando no temblar demasiado. Los pequeños y hundidos ojos de Sebastián buscan el hueco correcto. Su mirada, escondida entre arrugas, inspecciona y recorre la mesa en busca del sitio donde encajar la pieza. Cuando lo detecta, esboza una sonrisa llena de sosiego y acerca con pausa la pieza, que encaja. Después, la arrugada mano de Sebastián coge otra pieza y sus ojos, a medida que el puzzle avanza, parecen hacerse un poco más grandes. Parecen brillar un poco más.
Ocurrió hace cinco años. Era su vida entera y murió. Sebastián sintió una enorme confusión en su interior. Cuando ella se fue, Sebastián comprendió precisa y exactamente que nunca volvería a verla. Nunca. Comprendió que ya en ninguna otra ocasión sentiría su olor ni su piel. Y la idea fue tan dolorosa, que ni siquiera le puso triste. Simplemente le hundió en un agujero negro en el que Sebastián no veía nada.
Sólo cuando se sentaba frente a su enorme mesa blanca y comenzaba un nuevo puzzle, la vida de Sebastián cobraba algún sentido. Mientras hacía el puzzle podía sentir cómo, a medida que encajaban las piezas, salía del negro agujero. Sus sentimientos también encajaban y sus ojos se abrían en busca del último hueco. Y cuando su pequeña y temblorosa mano encajaba la pieza definitiva, Sebastián se reclinaba sobre su silla, cerraba los ojos sonriendo y se reencontraba con la paz, con la tranquilidad. Se reencontraba con su olor, que podía apreciar con nitidez. Veía de nuevo su tez cálida, y se dejaba golpear por sus ojos llenos de vida. Ella entraba en su interior, le hacía comprender el porqué de todo, y después se esfumaba sin dejar rastro. Entonces Sebastián volvía a caer en el profundo agujero negro del que no tenía fuerza para salir. Y volcaba las piezas de otro puzzle sobre su enorme y blanca mesa.
A este puzzle le queda un hueco. El corazón de Sebastián golpea con fuerza. En pocos minutos todo encajará y ellos estarán, durante unos segundos, de nuevo unidos. Pero Sebastián no encuentra la última pieza. Sólo queda un hueco, pero no hay pieza. Dónde está la pieza. Los pequeños ojos de Sebastián se llenan de lágrimas inmediatamente ante la idea de que la pieza no aparezca. Su frágil cuerpo se incorpora con dificultades de la silla. Registra nervioso y tembloroso la mesa. La pieza no está. Sólo queda una, pero nada encaja y ella se aleja. Su olor se aleja. El pequeño cuerpo de Sebastián se agacha bajo la mesa, muy despacio, con enorme dificultad, pero en el suelo tampoco hay nada. Sebastián vuelve a sentarse y sus lágrimas comienzan a caer contra el puzzle incompleto. De pronto, borrosa por las lágrimas, Sebastián ve la ansiada pieza en una esquina de la mesa. Se seca los ojos con sus manos nerviosas y la coge. Despacio, disfrutando del momento, la encaja y completa la obra. Se reclina sobre la silla y vuelve a sentir su olor. De nuevo, todo encaja.
Mis relatos de ficción en: Con Ánimo de Nada
jueves 9 de julio de 2009
El puzzle
miércoles 24 de junio de 2009
Tápame los ojos, que quiero seguir siendo feliz
El otro día estaba en el metro (es increíble la de cosas que me pasan en el metro). Volvía del trabajo, con el vagón bastante lleno, aunque no lleno del todo. Digamos que lleno normal. A mi lado, una chica con un carrito de bebé y en el carrito de bebé, un niño de uno año o dos que, se supone, es su hijo. En alguna estación el tren se detiene y, entre otras personas, sube un hombre también joven. Lleva una camiseta sin mangas y pide dinero. Más bien gimotea dinero. Este joven tiene la cara deformada. Diría que se ha quemado, aunque también puede ser de nacimiento. Sea como sea, el infortunio ha dejado su cara desfigurada, con la boca completamente estirada, los ojos caídos y la piel muy afectada. Es una cara a la que no acierto poner un calificativo sin que éste se convierta en un descalificativo.
El chico se sitúa en un extremo del vagón y comienza a pedir una moneda mientras avanza lentamente entre la gente, con su expresión destrozada, con su rostro impactando sobre todos nosotros. Cuando llega a mi altura veo cómo la chica joven de mi lado, la madre, tapa los ojos a su hijo pequeño, que intenta zafarse de la mano de su madre sin mucho éxito. Cuando el chico de la cara desfigurada pasa de largo, la madre retira la mano y devuelve a su hijo la visión del mundo. Después, el chico regresa sin dejar de pedir dinero y vuelve a pasar, esta vez en dirección contraria. La madre repite la operación, y aisla de nuevo a su hijo tapándole los ojos.
¿Yo lo hubiera hecho? Es lo primero que me pregunto cuando el joven que pedía dinero sale del vagón y se va. Lo primero que recuerdo es algo que me pasó cuando era pequeño. Apenas lo tengo claro, porque era muy pequeño. Estaba en mi casa y la televisión estaba puesta sin nadie cerca. Estaban echando una película en la que el chico protagonista se veía atrapado en un incendio y se quemaba la cara. Recuerdo la escena en la que le retiraban la venda y su rostro aparecía completamente desfigurado por las quemaduras. La cara del protagonista de la peli me golpeó el estómago y me dejó sin dormir varias noches. En aquel momento habría dado cualquier cosa por las manos de mi madre tapándome y separándome de esa visión. Así que pensé que, tal vez, si tuviera un hijo, me agradecería que le aislara de aquella realidad.
Sin embargo la idea no me convencía. Había algo en aquel gesto que no me convencía. Una sobreprotección, sí, pero algo más. Las ideas comenzaron a encajar cuando le di más vueltas al tema. Sobre todo tras acudir el otro día a una rueda de prensa en la que se presentaban los resultados de un estudio realizado a niños y niñas españoles de entre 6 y 13 años. El objetivo informe era saber si son felices y el resultado es que sí: los niños españoles son muy felices. El caso es que, tal vez, son ‘demasiado’ felices o, en cualquier caso, más felices de lo que merecen ser. Me explico, para aclarar esto que suena tan mal: el estudio planteaba una escala del cero al diez y los pequeños españoles se consideran 8,5 de felices. En Europa, sólo les superan en felicidad los niños holandeses, aunque en autosatisfacción los niños y niñas españoles son los primeros. El catedrático de Pedagogía de la UCM Gonzalo Jover, explicaba que esta autosatisfacción no encaja con el éxito alcanzado por nuestros ‘peques’: el fracaso escolar en España es uno de los más elevados de Europa y sin embargo nuestros niños son los más autosatisfechos del continente. ¿De dónde viene esta autocomplacencia entonces? Es evidente que algo falla.
Jover explica que la mayoría de los niños encuestados revelaba que desean tener un buen trabajo cuando sean mayores, un buen futuro. Sin embargo, ninguno de ellos, ninguno de los cuestionados, vincula el alcanzar este éxito de futuro con sacar buenas notas en el presente. Todos ellos sacan buenas notas para lograr la felicitación de padres y profesores, en un éxito a corto plazo. Esto les llena de autosatisfacción. Lo que plantea Jover es que en España, como en tantos otros países, se tiende a mantener intocable una burbuja de felicidad en la que crecen nuestros niños. Como un paraíso tabú que no debemos perturbar, la felicidad infantil es respetada hasta las últimas consecuencias y esto, según explicaban los autores del estudio, tiene sus riesgos ya que hacemos crecer a los pequeños en un mundo irreal del que despiertan con un golpe seco en la adolescencia. Se explican así muchos comportamientos adolescentes que antes no tenían lugar y se explica también y en parte la desidia que sufren muchos jóvenes o lo perdidos que se sienten.
Desde luego no se trata de que los niños españoles, ni ningún niño, sea menos feliz. Se trata de que la felicidad y la autosatisfacción lleguen porque el niño se la ha ganado, la ha logrado, no porque ya se la hayan dado hecha. En este caso, la felicidad y enorme autosatisfacción de los pequeños españoles viene de serie: es lo que toca y nadie debe perturbarla, por lo que su aterrizaje en la vida real suele ser traumático. Jover explica que para que el niño disfrute de una verdadera realización debemos proponerle pequeños retos desde bebé, como comer solo o hacer pis solo. Que logre pequeños éxitos desde el primer día para que disfrute del éxito y, sobre todo, comprenda el valor de lograr algo por sus propios medios. Entonces, se sentirá verdaderamente satisfecho. Aquí también entra la carencia positiva: es decir, no darle todo al niño, al menos todo lo que solicite. Si el niño quiere algo y no lo tiene o tiene que ganárselo, comprenderá que las cosas no caen del cielo. Y lo comprenderá desde pequeño, de manera que le quedará dentro. No sólo eso, sino que los autores del estudio añaden que cuando el niño logra sus objetivos, quiere más, aspira a más. Se trata, según Jover, de “quebrar” esa felicidad para motivar al niño y hacer que su realización, que su dicha, sea real, y no imaginaria. La educación es “crítica” e “inconformista”; se debe “estimular” a los más pequeños a “esperar” siempre más, explica Jover.
Sin embargo, la realidad parece ser la de que los niños actuales, según lo que refleja el estudio, viven en una autocomplacencia no justificada, por la burbuja que les hemos construido. El problema es que esta burbuja rompe a los 12, 13 o 14 años, y el bofetón suele ser importante. José Luis Barbería realizó el otro día un interesantísimo reportaje en el ‘El País’ en el que hablaba de la generación ‘ni-ni’: ni estudian, ni trabajan. El reportaje refleja comportamientos que derivan de lo explicado por Jover. Tal vez sea encajar las piezas de un puzzle, pero el caso es que encaja. El reportaje habla sobre la desidia y, sobre todo, de lo perdidos y desmotivados que se encuentran los adolescentes y jóvenes de hoy. Sin ilusiones, sin motivaciones, sin sueños en muchos casos. Su aterrizaje en la vida real ha sido si cabe el más duro. Crecieron en la España del éxito económico, cuando éramos los mejores del universo y la novena economía del mundo, con lo que su burbuja era impenetrable. Y su llegada a la vida real ha coincidido con una crisis galopante provocada por los mismos que les prometían felicidad eterna. No creen en el futuro porque el futuro es una mierda que les explotó en la cara y nadie les había avisado de que olía así de mal. En la burbuja, la mierda rebotaba. Los porcentajes y ejemplos de desmotivación que el reportaje expone son dignos de leer.
Después de tantas vueltas e ideas regreso al chico desfigurado del metro y a la madre que tapa los ojos de su niño para que no lo contemple. Sigo recordando mi sensación cuando era pequeño pero ahora pienso que, tal vez y sólo tal vez porque esto no dejan de ser teorías, es mejor que el niño vea la desfigurada cara del chico del metro y que se vaya acostumbrando. Porque es todo bastante feo.
sábado 13 de junio de 2009
Estreno de 'Un corto sobre un corto sobre el doblaje de las peliículas americanas'
Sin Ánimo de Nada Producciones anuncia (por fin) el estreno del cortometraje 'Un corto sobre un corto sobre el doblaje de las películas americanas'.
El estreno tendrá lugar el próximo viernes 19 a las 22:00 horas en el Bar La Parada de los Monstruos, en Madrid.
El bar está ubicado en la calle Castillo nº19, Madrid. Metro Iglesia. Mapa.
Ni que decir tiene que me encantaría que todos/as nos acompañásesis en el estreno. (Si venís os rogaría puntualidad en la medida de lo posible, ya que la proyección comienza a las 22:00). Luego, por supuesto, nos tomaremos unas cañas y lo que tercie para que podáis destrozar a gusto el cortometraje.
El estreno contará con la presencia del director y todo el equipo y de algunos de los actores, que intentarán firmar el máximo número de autógrafos.
Nos vemos el viernes. Muchas gracias a todo el mundo.
miércoles 10 de junio de 2009
Vergüenza campañil ¿europea?
“Les sugiero que estén atentos al próximo acontecimiento histórico que se producirá en nuestro planeta” El aviso es de Leire Pajín, secretaria de organización del PSOE que tiene los dientes separados. Esta mujer (que cuando trabajaba en el Ministerio de Exteriores, en un reportaje de ‘Caiga Quien Caiga’, dijo que el presidente de Rusia era Putin y hacía cuatro meses que había llegado al cargo Medvedev) nos ponía en alerta planetaria por el siguiente acontecimiento histórico: “La coincidencia en breve de dos liderazgos progresistas a ambos lados del Atlántico: Obama en EEUU y Zapatero en la UE”. Pajín, con su planetaria advertencia, no hizo más que poner la esquizofrénica guinda final a una campaña electoral de esperpento.
No es que yo haya visto demasiadas campañas, y si las viví, no lo hice con demasiada intensidad. Pero algunas ya recuerdo y jamás de los jamases había visto un circo semejante como el que hemos tenido que sufrir las últimas semanas. De hecho, cuando escuché la planetaria frase de Pajín, que tiene los dientes separados, le dije a un amigo: creo que es la campaña electoral más patética que ha vivido ¡España! desde que Paquito dejó el cargo. Y al día siguiente va El Mundo (el periódico, me refiero, no el mundo que va a ver lo de Obama y Zapatero) y hace una editorial titulada, ‘La peor campaña electoral de la democracia’. Pues va a ser verdad.
Recapitulemos lo que hemos tenido que aguantar. Para empezar, a dos candidatos insulsos. Uno con un nombre soporíferamente aburrido, Juan Fernando López Aguilar (nacido para ser político, llamándose así) y otro con un nombre que da risa en el cole: Jaime Mayor Oreja. A los dos parece que les tocó ser candidatos a las europeas en un sorteo con papelitos doblados. Ambos intentaron en un par de debates darle cierta seriedad al asunto y hasta habaron algo de Europa. Pero en realidad lo más interesante que dijeron fue cuando López Aguilar le recordó a Mayor Oreja que éste se negó a condenar el franquismo en una votación del Parlamento Europeo, y Oreja le respondió que él ya se jugaba la vida por la democracia en el País Vasco cuando Aguilar estaba aprendiendo a tocar la guitarra. Muy bueno, la verdad. Me reí. Sin embargo, esta desviación del debate puramente europeo (que era de lo que se trataba) sólo fue el comienzo. En seguida, todos los amiguitos de uno y de otro comenzaron a decir y a hacer gilipolleces que terminaron por aplastar por completo la verdadera causa de estas elecciones. Así, el miserable interés que demostramos por la UE, se vio definitivamente enterrado por el patetismo de nuestros políticos, que empezaron a argumentar cosas propias de una discusión de la cola del tobogán en lugar de hacer campaña.
Abrió fuego el aborto, ley nacional que no tiene qué ver con la UE. Ambos partidos se enzarzaron en el asunto mientras Bibiana Aído explicaba que un feto de 14 semanas es “un ser vivo pero no un ser humano”, ¿o al revés? En fin, yo qué sé. Lejos de enderezar el camino y decidir hablar de Europa, los dos ¿grandes? partidos de ¡España! se empezaron a tirar los trastos a la cabeza por los asuntos de corrupción. Primero Mayor Oreja gritó como no lo hacía desde que estaba en el coro parroquial que Francisco Camps era “el más honorable de todos los españoles”. Camps está imputado, como saben ustedes, en un asunto feo de soborno con trajes. No digo yo que sea culpable, pero para Oreja, enfervorecido en un mitin en Valencia como si estuviera en un concierto de ACDC, Camps es más honorable que usted y yo, que no estamos imputados en nada. Y después va Rajoy (yo creo que iban todos de cubatas) y le dice que “siempre estaré delante de ti, detrás o al lado”. Sin comentarios.
El PSOE, por supuesto, no se quedó atrás y optó por la misma técnica para defender a Manuel Chaves, acusado de trato de favor con dinero público a una empresa de su hija. José Antonio Griñán calificó a Chaves tras conocerse el turbio asunto como “el hombre más honesto que ha tenido Andalucía”. Ale, otra vez. En esta campaña no hay como ser sospechoso de algo para que te conviertan en el mejor tipo del universo.
Alejados ya definitivamente de la senda de la UE, PSOE y PP prosiguieron su esperpéntica pelea. Rajoy acusó a Zapatero de un tema de vital importancia para el futuro de la UE: la utilización del Falcon por parte del presidente para ir a los mítines del PSOE. El Falcon, perdón, es el avión del presidente, que sin llegar a ser el Air Force One, tiene un nombre así como molón. El PSOE se enfadó muchísimo, porque dicen que ZP es el presidente a todas horas, y que siempre va en Falcon. Manías del hombre. Pepiño Blanco quiso hacer una comparación en un mitin (definitivamente en los mítines se les va la pelota) para defender el uso del Falcon Crest y dijo que más caros eran los 50 escoltas de Aznar. Y el PP se enfadó también muchísimo, porque dijeron que era una irresponsabilidad decir cuántos escoltas tiene Aznar (aunque con 50 no sé qué le puede preocupar) y todos se pusieron a discutir como locos de los escoltas de Aznar y del Falcon de Zapatero, temas todos ellos vitales para el devenir de la UE.
Nadie en la maquinaria de márketing de ambos partidos pareció darse cuenta de que todo adquiría un tinte de discusión de delegados de clase. Y lejos de corregir la trayectoria, y cuando López Aguilar y su peinado, y Mayor Oreja y su barba, ya no pintaban nada, idearon algunos vídeos y eslóganes que completaron el absurdo. De entre todos ellos rescato el popular de ‘menos ceja y más Oreja’, en alusión a la ceja de ZP. Un derroche de métrica combinada con ingenio que no puedo dejar de mencionar. Propio de las más preparadas empresas de imagen y estrategia política.
Lo que tiene menos gracia es que, según cálculos de El Mundo, esta pantomima de campaña pudo haber llegado a costar 7,9 millones de euros. ¿Adivinan de quién? En efecto, de nosotros, que somos menos honorables que Camps y Chaves. El objeto de todo este dinero era concienciarnos de la importancia de involucrarnos en la política europea, como camino de futuro. Pero a cambio hemos recibido una lección de patetismo sólo superada por Berlusconi (pero es que éste es un profesional) en la que nadie ha echado el freno. Ni adrede hubieran promovido más el abstencionismo. Que la gente hubiera ido a votar en masa después de esta campaña sí que hubiera sido un acontecimiento planetario.
martes 9 de junio de 2009
lunes 1 de junio de 2009
El silencio de Guatemala. Parte II.
“Somos hijos de una violación histórica”. Es la teoría de Emilio, guía turístico en Guatemala. La explicación de este hombre de gorra y bigote, que organiza excursiones al volcán Pacaya y es un estudioso de la historia, es más romántica que científica: “Hace 400 años llegaron los españoles aquí. Lo primero que hicieron fue violar a las mujeres indígenas. No hubo un mestizaje real –continua- fue una violación colectiva, un abuso, y de ahí nacimos los mestizo guatemaltecos. Somos hijos de una violación histórica y ese resentimiento, ese enfado, aún pervive en nosotros porque, al fin y al cabo, 400 años son siete generaciones. Y eso no es tanto”. Esta exposición explica, para Emilio, la violencia y criminalidad que hoy en día padece su país.
En realidad, y más allá de un reivindicativo ideal, la herencia de una historia sangrienta sí determina en parte la situación de violencia de Guatemala. En lo que al pueblo indígena se refiere, no han obtenido un segundo de paz desde la llegada, en 1524, de los españoles. Entonces sufrieron el primer genocidio para después ser marginados por los colonizadores primero y los criollos después. Cuando Guatemala logró su independencia de España en 1821, siguieron excluidos y sufrieron un nuevo genocidio entre 1981 y 1984, donde 132.000 mayas fueron asesinados. No es fácil ponerse en la piel de un pueblo aplastado desde hace siete generaciones. Tal vez Emilio no esté tan desencaminado: la herencia sangrienta explica en parte la violencia guatemalteca.
Más allá de ser una teoría válida o no, y dejándolo como uno más en la lista de factores que pueden ayudar a entender por qué en Guatemala hay tanta violencia, la herencia de un conflicto es una de las herramientas que posee la criminalidad en el país. Los grupos de poder paralelos al Estado, heredados de la guerra civil, junto a la propia corrupción en el sistema, las maras, los paisas, los narcos y la criminalidad derivada de la necesidad, son las formas que la violencia ha adoptado en el país centroamericano.
Los grupos de poder paralelos al Estado son como las meigas: ‘haberlos, hailos’. La periodista guatemalteca Karen Ramos, me explica que durante el conflicto civil que padeció Guatemala entre 1960 y 1996 se establecieron “facciones de poder, grupos armados y organizados, paralelos al Ejército”. Estos grupos dependían del Gobierno o de partidos políticos en la oposición durante el conflicto y su misión de origen era luchar contra la guerrilla o defender las comunidades donde no llegaban las instituciones. Con el paso de los años y armados hasta los dientes, estos grupos comenzaron a hacer su ley y su justicia en territorios definitivamente suyos. Hoy, decenas de estos grupos han consolidado su cota de poder y siguen actuando al margen del Estado. El caso más conocido es el de las Patrullas de Autodefensa Civil (PAC). Estos comandos civiles deberían haber sido desarmados tras los acuerdos de paz en 1996, pero su sombra sigue planeando por muchas zonas, especialmente rurales. Son grupos paramilitares armados que ponen su porción en el pastel de la violencia guatemalteca.
Carlos Castresana, presidente de la Comisión de Investigación contra la Impunidad en Guatemala, añade además que “existen decenas de grupos de seguridad privada que nadie sabe exactamente para quién trabajan ni qué hacen, pero que están armados”. Pese a la incógnita, todos los guatemaltecos con los que tengo el placer de hablar coinciden en señalar que estos grupos son utilizados por algunos partidos como instrumento político-social. “Partidos como el FRG, dirigido por el opositor Efraim Ríos (presidente de Guatemala durante el genocidio contra los mayas) tienen en estos grupos una herramienta. Si quieren atacar al Gobierno pueden alentarlos a delinquir o a crear alarma social, y después los políticos opositores atacan al Gobierno”, me explica un periodista guatemalteco que trabaja para la Embajada. Es decir, que la criminalidad organizada, la inseguridad, viene, en algunas ocasiones, dirigida y provocada por partidos políticos. No son pocos los guatemaltecos que creen que detrás de los últimos asesinatos de chóferes de autobuses urbanos en la capital (casi 40 en lo que va de año) están algunos políticos opositores, que hablaron de desmantelar el Parlamento cuando se producían los asesinatos. Nadie tiene pruebas fehacientes, pero las teorías están en boca de todos y cada uno de los guatemaltecos.
El problema llega cuando se comprueba que el Estado, lejos de luchar contra estos grupos, también está siendo parte colaboradora en esta violencia. Se amontonan los casos de corrupción en fiscales, diputados, ministros, cargos policiales… y hasta del propio presidente. Álvaro Colom está en el ojo del huracán tras un vídeo en el que el abogado asesinado Rodrigo Rosenberg, acusa directamente al mandatario y a su primera dama. Si el presidente es sospechoso de enviar unos sicarios a un investigador, ¿es posible exigirle al pueblo que no utilice la violencia?
Ajenos al Estado y sus corruptelas, existen otras formas de violencia en Guatemala. Una de las más conocidas y problemáticas son las maras. Las maras son pandillas de jóvenes y no tan jóvenes hijos de barrios olvidados. Estas pandillas se originaron en EEUU con inmigrantes centroamericanos que se agrupaban ante lo extraño. El fenómeno se trasladó después a los países de origen. Las dos más conocidas son la Pandilla 18 y la Mara Salvatrucha y ambas tienen un fondo casi religioso, espiritual, de pertenencia a la mara, mediante rituales y tatuajes simbólicos. Las maras dominan zonas (distritos) enteras de la capital estableciendo un auténtico contra-estado. En las zonas donde mandan las maras, nadie acude a la policía. Como la mafia, la mara ‘protege’ al vecindario y le soluciona los problemas. A cambio, comerciantes, taxistas o conductores de autobús deben pagar un impuesto a la mara. Además, si hay alguna actuación criminal por parte de la mara, nadie abrirá la boca, ya que es la mara quien imparte justicia, hace y deshace a su antojo: los distritos controlados por las maras son ajenos a la policía, al Estado.
Jairo, taxista en Ciudad de Guatemala, me expone una auténtica tesis sobre las maras de camino al aeropuerto, en la zona 13. Me cuenta que los mareros van tatuados de arriba a abajo, de ahí que los tatuajes se asocien a la criminalidad en Guatemala. Cuidado desdichado europeo con los brazos tatuados si das una vuelta por Ciudad de Guatemala. Sería bueno ocultarlos.
“No vas a ver ningún marero, porque si ves alguno, te matan”. Jairo me cuenta que las maras suelen permanecer en sus territorios: si yo entrase ahí me matarían sólo por no ser del barrio. A Jairo, como guatemalteco, a lo mejor “sólo me dan una paliza o me piden dinero. Lo que no haría nunca si me cruzo con mareros –me dice- es mirarlos a la cara”. El ejemplo a lo que me cuenta Jairo lo encontré en Lisa, una chica de Ciudad de Guatemala de 27 años y que trabaja para una organización de derechos para las mujeres. Hace dos años quiso sacarse un dinero trabajando como agente censal. Por suerte para ella, como me relató, le tocó la zona 1, que no es de las más peligrosas de la capital. Sin embargo, Lisa me explicó cómo en ciertas partes de la zona 1 tuvo que pagar a grupos de chicos para poder pasar. “Estaban en una esquina, me veían y me preguntaban quién era. Les decía que tenía que hacer el censo y me cobraban por continuar. Al final de la tarde ya llevaba el dinero preparado en cada esquina”, relata.
Por si fuera poco este control que establecen las maras, la rivalidad entre ellas es enorme. De hecho, es tal, que Jairo me cuenta que el Estado se ha visto boligado a distribuir a los mareros detenidos en distintas cárceles. Así, si uno de la Mara Salvatrucha es condenado a prisión, se le envía a un centro donde sólo hay mareros de la Salvatrucha. Si enviaran ahí a uno de la 18, duraría minutos. “A la mayoría de la 18 los mandan al Preventivo de la zona 18, que es el distrito de esta mara”, me cuenta Jairo, que me dice que esta cárcel es “terrible”, una de las más conflictivas de Guatemala. El problema de esta medida es que las cárceles guatemaltecas se han convertido en auténticos centros neurálgicos para las maras. Sin pandilleros rivales, los mareros detenidos se encuentran con una "oficina" para coordinar la pandilla. No sólo eso, sino que chicos detenidos por coquetar con la 'clika' (pandilla) se convierten en auténticos mareros tras su paso por prisión.
A las maras, según prosigue Jairo sin dejar de conducir, se le unen los paisas. Los paisas son criminales que actúan en grupos organizados, pero que no se consideran pandilleros. No sólo eso, sino que odian a las maras. Se trata de sicarios, criminales por encargo, atracadores, etcétera. Los paisas también tienen sus prisiones exclusivas. “Un día mandaron a dos mareros de la 18 a una cárcel de paisas: les cortaron la cabeza para demostrar que ellos no eran pandilleros”, dice Jairo con los ojos en el retrovisor.
Muchos de estos mareros y paisas provienen de los asentamientos que inundan la capital. Los asentamientos de Ciudad de Guatemala son lo que en Brasil se conocen como favelas y en España como poblados: barrios marginales de chabolas sin control de ningún tipo. Se calcula que hay casi 170 asentamientos en la capital, que tiene un millón y medio de habitantes. Estos asentamientos viven ajenos al sistema, y ni la policía entra en ellos. Jairo me habla con auténtico temor de “La Limonada, El Incienso, La Esperanza o El Esfuerzo”, algunos de los asentamientos más conflictivos de la capital. Allí la necesidad desemboca en criminalidad en demasiadas ocasiones. 
Asentamiento de El Incienso, en Ciudad de Guatemala.
Por si este panorama no fuera suficiente, en los últimos años los ‘narcos’ se han instalado en Guatemala. Carlos Castresana explica que “alrededor del 70% de la droga que es trasladada a EEUU pasa o se almacena en Guatemala”. La debilidad del Estado está empujando a muchos cárteles mexicanos a operar en el país vecino, lo que añade un factor más de violencia.
Estos son, por encima y groso modo, los factores que ahogan a Guatemala. La violencia es un aspecto más de este país, con muchas caras. Me he centrado en ella dejando a un lado otras características de Guatemala, como la cordialidad y la amabilidad de la casi totalidad de gente con lo que me topé en mi periplo. Siempre una sonrisa, una disponibilidad tal que hasta incomoda por no saber cómo devolver el cariño. También he dejado a un lado maravillas como Antigua, Tikal o Chichicastenango. No he hablado de los encomiables esfuerzos de las autoridades por recuperar la memoria histórica relacionada con la guerra civil ni tampoco he mencionado la vanguardia legislativa que existe en Guatemala con respecto a Centroamérica en lo que a violencia contra las mujeres se refiere. De hecho, ya han aprobado el término legislativo femicidio, que será aplicado cuando el asesinato de una mujer se haya producido por el hecho de ser mujer.
Guatemala lucha contra su propia violencia y no lo he mencionado. Me he limitado a describir esta violencia. Puede gustar más o menos que hable sólo de esto, pero tras haber estado allí me parece más ético y útil trasladar esta realidad antes que otras. Intentar poner voz a quien necesita voz para que un país tan maravilloso no termine por desangrarse.
martes 19 de mayo de 2009
El silencio de Guatemala. Parte I
Hay una frase hecha, que se suele utilizar cuando nos referimos a un país peligroso, poco desarrollado o violento: “Allí la vida no vale nada”. No es el caso de Guatemala, porque en Guatemala la vida vale 5 euros.
En las últimas semanas la policía ha podido comprobar que la tarifa de algunos sicarios por asesinar por encargo ha sido de cincuenta quetzales (moneda oficial de Guatemala). Al cambio, estos paisas -como se conocen a los criminales organizados en el país centroamericano- cobraban cinco euros por acabar con una vida. Cinco euros por un asesinato.
Guatemala es uno de los países más violentos de Latinoamérica. Sus tasas de criminalidad lo convierten, junto a Honduras y El Salvador, en el epicentro de la inseguridad americana. Caminar por Guatemala no es seguro. En especial si lo haces por la capital y, sobre todo, sin ser guatemalteco. O al menos parecerlo. En la mayoría de los distritos de la capital del país no puedes entrar. Si lo haces te van a robar y, para hacerlo, lo más probable es que te maten. En otros distritos las probabilidades de que te asalten son menores, y tal vez puedas dar un paseo sin que nada te ocurra. Pero sólo tal vez, porque también en distritos como el 9 o el 10, que son zonas residenciales, tienen lugar asaltos y asesinatos. Y más si tienes cara de ‘guiri’. Estas posibilidades se reducen a nada a partir de la seis de la tarde, hora en la que anochece en Guatemala. Sin luz, y sin ser de allí, es mejor no recorrer las calles de la capital. En el resto de Guatemala la inseguridad es mucho menor. De hecho, en ciudades como Antigua es casi nula, pero desgraciadamente es una excepción. Se vaya por donde se vaya hay que estar listo.
Los datos en Guatemala hablan por sí mismos: en 2008 tuvieron lugar 6.200 homicidios en una población que no supera los 12 millones de habitantes. Esto supone que, de media, en Guatemala se producen 17 asesinatos al día. Para los amantes de los números hay otro enfoque: en Guatemala hay una tasa de 44 homicidios por cada cien mil habitantes. En España esta tasa es de 3,3 muertes por los mismos habitantes y la media de la UE es de 1,7. En EEUU la violencia es mucho mayor, pero la tasa se queda en 5, frente a los 44 de Guatemala.
Carlos Castresana, presidente de la Comisión de Investigación contra la Impunidad en Guatemala, dependiente de la ONU, califica la situación del país como “una orgía de violencia”. Castresana ofrece más datos que explican la violencia del país. En toda Guatemala existen 18.000 policías, que trabajan en tres turnos de 6.000 agentes cada turno. Esto supone que, para 12 millones de personas, hay disponibles 6.000 policías. En realidad, existen cuatro veces más miembros de seguridad privada que agentes públicos. Una seguridad privada que, como explica Castresana, “en la mayoría de casos no se sabe qué hacen ni de quién dependen, pero están armados”. Las armas son el otro gran dato: en Guatemala se estima que, a día de hoy, hay 500.000 armas fuera de control. Hasta hace pocos meses no era necesario tener licencia de armas para poseerlas. Además, hay circulantes 50 millones de unidades de munición, más del doble que durante el conflicto civil que vivió el país.
Son datos estadísticos de la violencia guatemalteca pero, ¿por qué? ¿Por qué se vive esta espiral?
La premio Nobel de la Paz y probable candidata a la presidencia de Guatemala en 2012 con su partido Winaq’ (Ser Humano Integral en lengua quiché) Rigoberta Menchú (más información), explica que Guatemala vive sumida en la pobreza. Sus datos explican que “dos millones de niños guatemaltecos sufren desnutrición”. Para la escritora y activista política, Guatemala sufre una “crisis humanitaria” y por ello pide la atención de la Comunidad Internacional. Precisamente cuando visité su departamento, el departamento de Quiché, pude comprobar hasta la normalidad que los niños se dedican a limpiar zapatos, vender periódicos o trabajar en el mercado. En las faldas del volcán Pacaya los niños me pedían comida y, en la capital, no son pocos los que portan una pistola.
Pero hambre hay en muchos sitios (en demasiados) y ello no explica, al menos por sí solo, la violencia. A juicio de la mayoría de expertos en Guatemala, una de las claves para entender la violencia que desangra el país es la impunidad. Un escalofriante dato: el 95% de los asesinatos en Guatemala no se investigan. No es que no se resuelvan, o no se juzgue al asesino. Directamente, no se inicia una investigación. En el caso de asesinatos de mujeres, este porcentaje se eleva hasta el 98%. Sólo un 2% de los asesinatos a mujeres llegan a una investigación y no todos se resuelven. Esto deja un panorama desalentador mediante el que el hecho de matar, en Guatemala, es fácil y no tiene consecuencias. Si alguien quiere algo, mata, porque sabe que, en un 95% de los casos, no le va a pasar nada. Al menos con la Justicia de su país.
Esta impunidad se debe a varios factores. El más superficial y, a priori, más claramente resoluble, es el de la falta de medios. La investigación de un asesinato es muy complicada en Guatemala: no existen las pruebas científicas, el protocolo no establece que el forense visite el lugar del crimen ni que el policía haga lo propio en la autopsia. Los laboratorios tienen enormes carencias de instrumental y los especialistas algunas lagunas de preparación. Es fácil que el asesino desaparezca sin que se le pueda seguir el rastro. Mayor parece el problema de la corrupción en quien debe investigar. Sólo en 2008 fueron cesados o despedidos 1.700 policías.
Sin embargo, no sólo la corrupción o la falta de medios favorecen la impunidad. La mentalidad, la carga cultural de la violencia, está enquistada en Guatemala. “Existe una fuerte carga cultural por la que la sociedad guatemalteca considera la violencia intrafamiliar un asunto privado, no un delito. Esta forma de pensar todavía está en muchos funcionarios del Ministerio Público", admite Claudia González, representante del Fiscal General de Guatemala. En el caso de la violencia contra las mujeres existe el añadido de que en Guatemala se respira un machismo exagerado. “En Guatemala todos hemos sido educados en la idea de que la mujer está al servicio del hombre, incluidos jueces y fiscales”, explica el periodista guatemalteco Luis Arévalo
El caso de Jorge Velázquez ejemplifica de qué estoy hablando. Su hija, Claudia Isabel, fue asesinada en diciembre de 2005 cuando tenía 15 años. Jorge recibió una llamada al móvil la noche que su hija había ido a una fiesta. Era el novio de ella, diciéndole que Claudina le había llamado y la conversación se había cortado de manera brusca y entre gritos. Jorge explica que acudió a la comisaría, pero le dijeron que no podían hacer nada hasta que pasaran 24 horas. Desesperado, la buscó por su cuenta. Tres horas después de efectuar la denuncia, encontraron a Claudina violada y asesinada de un tiro en la frente. No se inició ningún tipo de investigación, de hecho, a Jorge le devolvieron en el tanatorio la ropa de Claudina en una bolsa de plástico. La ropa de una chica violada, una evidencia clave, en una bolsa de plástico. Después dos hombres tomaron las huellas dactilares del cadáver mientras era velado porque “se les había olvidado hacerlo antes”. Finalmente, el juez dictaminó que Claudina era una prostituta porque llevaba una gargantilla en el momento del asesinato, y selló el caso. “El Ministerio Público” -explica Jorge roto en lágrimas- concluyó que mi hija era una puta y que, por tanto, merecía morir”.
La hija de Rosa Franco, María Isabel, corrió la misma desgracia que Claudina. Su madre se enteró del asesinato al reconocer la ropa de su hija en una imagen del informativo, después de ser ignorada por la policía. Licenciada en Derecho, Rosa inició la investigación por su cuenta, ya que la policía “se reía de mí cuando pedía ayuda. Jueces y agentes se burlaban, diciendo que mi hija llevaba falda cuando fue asesinada”. Investigar por su cuenta le costó a Rosa amenazas de muerte. Hoy, no sólo no sabe quién mató a su hija, sino que está intentando salir de Guatemala por miedo a ser asesinada.
La carga cultural, por supuesto, no sólo afecta a algunos jueces, policías o fiscales, sino que está instalada en la mayor parte de la sociedad. Esto también favorece a la impunidad y por tanto alimenta a la violencia. “Los ciudadanos no colaboran ni proporcionan información. Hay una separación con el Fiscal”, añade Claudia González. “Son comunidades muy cerradas, nadie quiere testificar ni hablar cuando se produce un asesinato”, corrobora la magistrada de la Corte Suprema Beatriz León. Teresa de Jesús Escobar, inspectora de la Policía Nacional Civil y jefa de la Oficina de Derechos Humanos, va más allá. “No se puede hacer nada. Es imposible resolver cosas sin que nadie quiera testificar. Nadie nos hace caso cuando preguntamos o indagamos. Nuestro trabajo es frustrante”. Carlos Castresana resumen la situación: “En Guatemala existe un divorcio completo sociedad-justicia. Aquí nadie confía en la policía y nadie hace nada porque nadie espera que cambie nada”, explica. Una espiral sin final: no se investiga porque no se puede y nadie colabora para que se investigue porque saben que no se investiga.
Pobreza e impunidad alimentada por una cultura cerrada y machista. Este es el panorama en el que la violencia florece en Guatemala. Existe un tercer factor: la criminalidad organizada, que en Guatemala tiene nombres propios: maras, paisas, narcos, grupos de poder paralelos al estado y niños de la calle. Son la violencia personificada en Guatemala y de ellos hablaré en la segunda parte.

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